Sin diálogo
A Chai, un sirviente de dieciocho años, lava y almidona ropa en el patio día tras día. Un día, la cultivadora Qinglian lo observa largo rato desde atrás y, al fin, apoya el mentón en su hombro y lo rodea con los brazos. La prenda mojada se detiene en sus manos; ella le susurra al oído, pero él sigue con la vista fija en el agua del balde, niega con la cabeza y continúa frotando. Ella no se aparta: le quita el paño mojado de las manos. A mediodía, en el patio, sus miradas se cruzan: uno solo quiere trabajar, la otra insiste en interrumpirlo. ¿Podrá sostenerse esta calma cotidiana?